Buenos Aires, Miércoles, 20 de Septiembre de 2017

Torres más torres menos el imperio tambalea

 

Ruben Del Grosso12/9/01
delgrosso@arnet.com.ar
Esta nota fue escrita para otro medio, cuando aún no habían transcurrido 24 horas del desastre de Nueva York.

La historia cuando se manifiesta como simple relato o cuando es percibida como nos enseñaron en el colegio “la narración verídica y cronológica de los hechos acaecidos en el pasado” suele tomar algunos acontecimientos y fijarlos como hitos, como mojones que irán quedando en el camino a manera de señales indelebles, que sirven para marcar períodos, eras, donde la humanidad produjo grandes cambios sociales, culturales o políticos. Para citar unos pocos, podemos mencionar: la revolución francesa, la segunda guerra mundial, la decadencia del imperio de occidente, la revolución industrial o más recientemente la caída del muro de Berlín.

Ayer, 11 de septiembre de 2001, en la ciudad de Nueva York, en los Estados Unidos de Norte América, quedó definitivamente instalada la primera de esas señales originadas en el siglo XXI. Hoy, el día después, valdría preguntarse: ¿semejante locura, derribar dos de los edificios más altos del mundo estrellando sobre ellos unos aviones y asesinar tal vez a miles de personas inocentes e indefensas, es un hecho cuyas características serán intensamente representativas del siglo que comienza? Según mi punto de vista, la respuesta es sí. Lamentablemente una y mil veces sí.

Los responsables, no los autores, los responsables estrictos, los ideólogos, los que desde sus oficinas o desde sus puestos de mando en cualquier parte del mundo están absolutamente convencidos que este hecho los beneficia, no sabemos verdaderamente quienes son. Tampoco sabemos y creo que no sabremos nunca si fueron de uno o del otro bando, o si más perversamente, fue alguna asociación maldita, cuyo fin es capitalizar un beneficio mezquino y atroz. Lo que sí podemos asegurar sin ninguna duda es que cualesquiera sean los responsables de esa locura son quienes recurrentemente, desde siempre, vienen adjudicándose el monopolio de la verdad. Aquellos que durante toda la historia de occidente creen estar ungidos de una lucidez tal que los autoriza a practicar su destino mesiánico. Ese mandamiento celestial, que su dios único les susurra permanentemente en el oído y que la psicología llamaría más acertadamente esquizofrenia, es suficiente para anular cualquier restricción que los induzca a una recapacitación lúcida, responsable y mucho menos, humana. Es que cualquier discurso que crea ostentar el monopolio de la verdad caerá indefectiblemente en la intolerancia, se llame como se llame.

Cualquier intérprete de dios será necesariamente intolerante, convenientemente intolerante. Porque sea que interpreta al dios de la religión cristiana, musulmana o judía, o al dios de la teoría de la liberación, al del marxismo, al dios del mercado, al del progreso, al de la tecnología; en fin, a cualquiera de los dioses que se adjudican el monopolio de la verdad mediante un discurso único, lo convertirá en intolerante.

Así podríamos decir:

Todo discurso único es eminentemente intolerante, porque su condición de único no tolerará la inclusión de otro que, paradójicamente, lo haría dejar de ser único.

Se han hecho grandes esfuerzos para librarse de este aprisionamiento. Comunistas, demócratas, socialistas lo han intentado. Sin embargo, los resultados fueron muy poco efectivos. España soportó una dictadura feroz por más de 30 años. Irán sufrió purgas y violaciones como consecuencia de una teocracia infame. El nazismo, el sionismo, el stalinismo o las democracias liberales más modernas que originaron guerras como la de Vietnam o Argelia, así lo demuestran.

Todo fundamentalismo resulta igualmente maldito. Los cristianos voltearon sus torres a partir del siglo X, cuando en las cruzadas asesinaron a millones de árabes en nombre de la cruz o cuando cazaban brujas en la edad media. Pero Mahoma, en el siglo VII, para cumplir el mandato de regresar a La Meca, que el mismísimo arcángel Gabriel le susurra, ordenándole la misión de expulsar a los idólatras, convierte en tierra arrasada todo el camino.

El Islam, a diferencia de lo que más bien se tiene por dado, no aparece en el siglo VII para insertarse como una cuña entre las dos grandes religiones monoteístas de ese tiempo sin competir con ellas. El Corán no aparece como un discurso nuevo, de inclusión y tolerancia, para zanjar de la mejor manera, el inmenso abismo abierto entre el antiguo y el nuevo testamento, o para jugar las diferencias y colaborar con un equilibrio razonable entre los dos monoteísmos más antiguos y poderosos. Por el contrario, el Islam viene a instalarse como una opción única. Viene para afirmar, para marcar a fuego la idea de occidente de un pensamiento único, teocrático y por consiguiente de absoluta concentración del poder.

En Arabia, en tiempos de Mahoma, habitaban las más grandes tribus politeístas del mundo conocido por entonces. Los Koreishitas, guardianes del templo y adoradores de la piedra negra, debieron ser exterminados por las huestes de Mahoma en su regreso a La Meca, no tanto por su condición de adoradores, que fue lo que justificó el exterminio, sino y paradójicamente como lo harían los cristianos 400 años después en las cruzadas con el pretexto de recuperar el santo sepulcro, para luchar por la hegemonía del poder. En fin, ni Moisés ni Jesús ni Mahoma podrán jamás tolerar la inclusión del otro, porque aunque comparten un mismo dios en el cielo lo que se juega cada uno con su mandato divino es el poder que ostentarán en la tierra.

¿Dónde reside entonces la trampa? ¿En que se diferencian de aquellos los líderes que hoy se adjudican la misma clarividencia de interpretar el mundo? Ningún pensamiento fuerte, único, tiene la solución. Sólo un pensamiento débil, una forma liviana, de permanente inclusión y juego de las diferencias, podría ofrecer alguna posibilidad.

Todo dogma: político, religioso o científico, por más piadoso, liberal o tolerante que diga ser, en tanto permanezca en su condición de dogma, verá en lo diferente a un enemigo, y esto por una simple razón, porque el otro estará viéndolo a él de la misma forma.

De qué otro modo sino por esta razón un grupo de personas pueden hacer un curso de aeronáutica, secuestrar algunos aviones en los que viajan cientos de pasajeros, estrellarlos contra dos de los edificios más altos del mundo y provocar el asombro cínico de una nación, cuyas empresas y organizaciones económicas hambrean a países enteros, bloquean democracias, instalan dictaduras asesinas y hacen la vista gorda frente a los atropellos, los secuestros, abusos, torturas y holocaustos que sus propios gobiernos producen.