Buenos Aires, Jueves, 20 de Julio de 2017

Identidades Alteradas

 

por Silvana Emperador

Nuestra identidad es el bien más preciado que tenemos. Simplemente, es nuestra esencia. Aquello que define quienes somos: valores, creencias, costumbres. El respeto de nuestra identidad en el marco de una sociedad democrática no es puesto en tela de juicio, ¿o si?

En el ´76 Argentina comenzó a transitar el mal llamado período de reorganización nacional. La junta militar que tomó por las armas el poder de la Nación inauguró uno de los períodos más oscuros de la historia argentina. El terror se filtró en la vida cotidiana de los ciudadanos, librados a su propia suerte ante un Estado todopoderoso, irrespetuoso. Todos los derechos fueron vapuleados. Todas las garantías omitidas. Los argentinos quedaron sujetos a un poder ilegítimo que hacía uso y abuso de su aparato represivo, clandestino.

Las identidades no eran reconocidas por un plan estratégico y global cuyo objetivo supremo era fundar las bases de un nuevo modelo de ser nacional: perfecto y acrítico. Lo diferente no era un patrón admisible en el renovado concepto de Nación. Por el contrario, había que eliminar toda diferencia. Se hablaba en ese entonces de “la identidad argentina” como si fuese algo cerrado, perfectamente definible.

Lo diferente era buscado en las calles, en las oficinas, en los colegios y en las universidades y, obviamente, en los domicilios particulares propios, de amigos y de conocidos. Lo diverso podía estar en cualquier sitio. Incluso podía estar donde los secuaces de ese poder creían que estaba. Nada ni nadie estaba exento de ser lo distinto.

Lo diferente era ocultado a los ojos de los ciudadanos y del mundo entero en los llamados centros de detención clandestina. Algunos sabían de su existencia, pocos se animaban a divulgar su funcionamiento, muchos menos osaban luchar contra los crímenes que en esos sitios se cometían.

Jorge Julio López sufrió en carne propia el ser diferente durante la última dictadura de nuestro país. Lo detuvieron. Lo encerraron en uno de esos centros de detención. Nadie sabía su paradero. Pero pudo salir, continuar. Allí donde muchos perdían su vida él pudo a fuerza de voluntad conservar su existencia. El humilde albañil pudo, en un momento de su vida, evadir ese poder oprimente. Pese a las torturas que le infligieron, pudo conservar su identidad.

La mentira del ser nacional impulsada por la junta militar se hizo insostenible en el tiempo. Los crímenes y las atrocidades cometidas salieron a la luz en el despertar de una tímida democracia, que poco a poco fue abriendo los caminos para el consenso sobre lo diverso.

La vuelta a la democracia renovó el debate en torno al concepto de identidad. Entonces la diferencia comenzó a tener valor. La individualidad de cada uno de los ciudadanos fue la clave para sentar las bases de una nueva sociedad.

Jorge Julio López volvió a vivir en democracia, con la pesada carga de su primera detención. Al fin su identidad era aceptada sin cuestionamiento. Su testimonio y el de tantos otros que corrieron su mismo destino eran la prueba viviente del ejercicio desmedido del poder de la dictadura militar de la década del setenta. La falta de respeto a la pluralidad identitaria sería condenada. Aquellos que no fueron capaces de reconocer la diferencia serían juzgados con la legalidad negada a más de 30.000 personas.

Pero aún en democracia hay quienes creen que lo diferente no tiene que existir. El 18 de septiembre de 2006 Jorge Julio López volvió a su condición de desaparecido, por segunda vez. Desde entonces nada más se supo de él. Los reiterados reclamos de justicia y aparición con vida del testigo clave en el juicio contra Etchecolatz nada pudieron hacer. El dolor sigue presente en la sociedad, tal como hace 35 años. Los vestigios de un modelo arcaico continúan operando en pleno Siglo XXI. El aparato represivo de la última dictadura de la Argentina dejó activos ciertos elementos que hoy, sin duda alguna, siguen actuando.

El respeto a la identidad, a la otredad, es una premisa desafiada continuamente. El otro es un ser con los mismos derechos que uno mismo. Saber reconocer aquello significa dar un paso hacia adelante. La diferencia es una suerte de magia que abre el horizonte. Reconocerla y valorarla es un hecho positivo, enriquecedor.