Buenos Aires | Jueves, 20 de septiembre de 2018

HACER CULTURA ¿UNA OPCIÓN?

 

La palabra cultura está íntimamente ligada con la palabra cultivo. Según la Real Academia, y también muchos autores como, por ejemplo, Tylor, Klem, Durkheim (salvando las diferencias), coinciden en que cultivar y culturizar serían dos acciones relativamente análogas: una está relacionada con el laboreo de la tierra y la otra con la ejercitación del intelecto con fines positivos. Hasta aquí todo parecería muy claro y hasta muy simple. Sin embargo, vale la pena ensayar algunas variaciones que nos permitan reflexionar sobre la Cultura, un vocablo que por más de dos siglos viene acompañando la historia del hombre y del que muchos intelectuales se vienen ocupando.

 

Por supuesto el objeto de esta nota no es ni sociológico, ni antropológico y mucho menos semiótico, lo que nos interesa aquí es analizar el fenómeno de la Cultura en nuestro tiempo y desde nuestro lugar, como miembros de una sociedad a la cual pertenecemos, en categoría de ciudadanos. Trataremos de objetivar el vocablo desde un punto de vista que permita circunscribirlo, en lo posible, al área local en la cual vivimos y que nos afecta cotidianamente en forma directa.

 

Todos los sucesos, por pequeños que sean, todo lo que acontece entorno nuestro como producto de la acción humana, es del orden de la Cultura. La serie de eventos que diariamente producimos en el ámbito donde vivimos y nos desarrollamos, sea comer un caramelo o hacer un mega recital es un hecho cultural. Sacar la basura, cruzar la calle, conducir un automóvil, obedecer las leyes, profesar una fe: son eventos culturales. Reflexionar sobre nosotros mismos o sobre nuestros semejantes, deprimirnos, abstraernos para crear, subjetivar una observación o un punto de vista: es un evento cultural. Confeccionar esta lista: es un evento cultural.

 

Quienes vivimos en una sociedad más o menos organizada, ya sea que pertenezcamos a la ciudadanía de una nación, seamos súbditos de una monarquía, o miembros de alguna comunidad aborigen organizada, hoy (1) seremos seres proyectados a la Cultura. De manera tal que resultaría imposible escindirnos de una materia de la cual estamos compuestos.

 

¿Se puede hacer cultura – digo – se puede producir cultura? Anticipemos la respuesta: ¡Sí, se puede! ¿Cuáles serían los ingredientes de que deberíamos valernos para hacerla siendo que esta es la materia de la cual estamos hechos? Entiendo que la respuesta ha quedado perfectamente explicitada en los párrafos anteriores: el ingrediente seríamos nosotros mismos. Nuestras acciones diarias, nuestro permanente acontecer, todos los eventos en los que nos involucramos, positiva o negativamente, son del orden de la Cultura. Si elegimos un valor, si decidimos acompañar una acción política, un proceso social o ser parte de un proyecto creativo estaremos construyéndonos a nosotros mismos, estaremos regenerando el tejido de nuestro propio Ser, estaremos acumulando más y más Cultura.

 

Podemos decir entonces: “Cultura es El hombre en un contexto en el que de manera habitual se relaciona con otros” La carencia de cualquiera de estos tres elementos: contexto, hombre, interacción, tornarían imposible la aparición de Cultura. 

 

LOS CENTROS CULTURALES  

 Siguiendo con el sentido que hemos tratado de darle al apartado anterior, podemos decir que por más de doscientos años, la construcción del Sujeto Colectivo (Carl Jung) ha sido producto de una variadísima gama de hechos, acciones y circunstancias acontecidas a lo largo de la historia y que cada uno de estos acontecimientos coadyuvó para que tal sujeto se conformase. Hoy ya no es así. No nos detendremos a discernir las razones, diremos genéricamente que en un mundo globalizado, y con el advenimiento del paradigma de la técnica y de las comunicaciones “iper”, la construcción del sujeto colectivo puede ser manipulada casi en forma unilateral por el Poder instalado. Un poder hegemónico-dominante que, valiéndose del manejo monopólico de algunas herramientas como los medios de comunicación masivos, monta e instala a su antojo una realidad a medida de sus intereses. Y como si esto fuera poco, se reserva el copyright de las metodologías espurias que utiliza.

 

No son demasiados los espacios habilitados para que los ciudadanos que decidan no masificarse y alinearse tras el poder instituido puedan encontrarse. El poder todo el tiempo intenta dispersarnos. Para ello, crea “hiperindividuos” y apela a todos los medios que controla. Hoy ya no hace falta que nos movamos de nuestras casas casi para nada. Se puede trabajar y comprar por Internet, te llevan el cine a tu casa, y hasta se puede tener sexo por la Web. En fin, podemos decir que hoy en día hay delivery de todo.

 

En este contexto, los Centros Culturales se erigen como un fenómeno urbano emergente de ese otro fenómeno perverso. Es tan puro, tan medularmente esencial el sentido que ha alcanzado el Centro Cultural, que trasciende y hasta llega a sorprender a sus propios gestores y directores. Pues, los mismos ciudadanos que circulan por esos espacios, terminan apropiándoselos y así ponerlos en plena disponibilidad del conjunto, para encontrarse, para circular y para reunirse con los más heterogéneos objetivos que nuestra imaginación sea capaz de alcanzar. Pero siempre persiguiendo un principal y claro fin: resistir el avasallamiento del poder salvaje al que nos estamos refiriendo.

 

Para finalizar esta nota y a riesgo de perder algo de objetividad, describiré una experiencia personal que mostrará de manera categórica mi punto de vista y mi opinión. Hace poco asistí, convocado por medio de una Red social en Internet (2), a un Centro Cultural de mi barrio. Debo aclarar que no lo conocía, sólo tenía una vaga referencia del lugar. Para mi gratísima sorpresa, me encontré con gran cantidad de personas que habían colmado las instalaciones, al punto que muchos de los asistentes tuvieron que participar desde la calle. Lo extraordinario es que si bien la actividad prevista era la inauguración de una biblioteca, sería erróneo encuadrar el evento sólo en eso, ya que finalmente, durante el desarrollo, el mismo se tornó indefinible, haciendo que esa particularidad lo enriqueciera enormemente.

 

Si me preguntaran si asistí a la inauguración de una biblioteca, respondería que sí, por supuesto, pero también respondería que asistí a un acto político, a una reunión de ciudadanos comunes comprometidos con la Democracia y el pluralismo, a un acto de reafirmación de los derechos humanos, a un encuentro donde hubo manifestaciones artísticas y hasta a un evento social donde se podía comer, beber, cantar y hasta bailar.

 

Para comprender mejor la carga de significado que lleva implícita la idea de Centro Cultural como lugar de reafirmación ciudadana y de construcción e instalación de cultura positiva, preguntémonos si un encuentro de ese tipo podría haberse organizado en algún otro espacio, sea público o privado. Creo que difícilmente podría encontrarse otro ámbito.

 

Como ningún otro lugar, el Centro Cultural lleva implícito en el carácter que lo origina una extraordinaria pluralidad de sentido y mucho más, por supuesto, si es gestionado por un grupo de personas inteligentes, con la mente abierta, con un gran compromiso democrático, plural, sin encorsetamientos dogmáticos que lo limiten a una sola idea, a un solo punto de vista o a una sola manera de pensar y actuar.

 

El  compromiso, en todo caso, es de una constante renovación y reafirmación ética. El Centro Cultural podría resultar hoy por hoy uno de los pocos lugares, sino el único, donde los ciudadanos podamos construir una “contracultura” (3) y permanecer “velando las armas” que servirán en última instancia para resistir el avasallamiento de un poder hegemónico cada vez más instituido y con esas armas pelearle palmo a palmo su intento de dejarnos paralizados y a su merced.  

 

 1) Decimos hoy, porque tal como lo mencionamos antes, sólo hace algo más de 200 años que se habla de cultura, de manera que, por ejemplo, no sabemos que eran los griegos para Aristóteles, o sea “Hoy, antes los griegos eran cultos”  N.D.A.

 

 2) Creo que las redes sociales e Internet en general  son también un producto de estos tiempos que por su volumen y diversidad el poder no puede controlar totalmente, de manera que siempre quedarán algunas fisuras en las que los ciudadanos podamos insertarnos para ejercer nuestra libertad en plenitud.

N.D.A.

 

 3) Contracultura quiere decir aquí una cultura distinta a la que maneja y trata, con bastante éxito por cierto, el poder hegemónico. Creo que es un tema muy interesante para una próxima nota.

N.D.A.

 

Ruben Del Grosso

delgrossonr@arnet.com.ar

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