Buenos Aires | Viernes, 21 de septiembre de 2018

De manuales y zonceras argentinas

 

"La economía moderna es dirigida. O la dirige el Estado o la dirigen los poderes económicos. Estamos en un mundo económicamente organizado por medidas políticas, y el que no organiza su economía políticamente es una víctima. El cuento de la división internacional del trabajo, con el de la libertad de comercio, que es su ejecución, es pues una de las tantas formulaciones doctrinarias, destinadas a impedir que organicemos sobre los hechos nuestra propia doctrina económica."

Por Alejandro Hoerth

Don Arturo Jauretche, explicaba que la contradicción entre la famosa “viveza” criolla y las “zonceras” que obnubilan nuestra manera de pensar, se expresaba en el hecho de que los argentinos somos muy inteligentes para las cosas de corto alcance, ser vivos de ojo lo llamaba, pero zonzos de temperamento, es decir para aquello en relación a las cosas de todos, de las que hacen a la colectividad, a la vida social. Y no porque seamos una suerte de zonzos congénitos, sino porque mas bien nos agarran desde el destete. Un conocido refrán popular reza: “mama hágame grande que zonzo vengo solo”.  Pero para Don Arturo esta es una zoncera más, porque en realidad, dice, nos hacen “zonzos” justamente para no dejarnos crecer. En efecto, desde la infancia, a través del sistema pedagógico, y luego a través de los grandes medios de información – o desinformación – cuando ya somos adultos, nos inculcan “verdades” en forma de axiomas, a partir del buen sentido, de la construcción del sentido común diríamos ahora en términos sociológicos, que nos impiden pensar las cosas del país. Pensar la realidad, los acontecimientos de la vida social, de la política, desde una perspectiva verdaderamente nacional.

La profundidad del pensamiento de Jauretche, residía en que él las analizaba después de darse cuenta como estas zonceras habían operado sobre su propia conciencia. Se sorprendía a sí mismo, pensando alguna zoncera, y bastaba analizarla un poco para percatarse de la obviedad de la misma, ya que justamente por serlo -decía- pasan tantas veces inadvertidas.

Zonceras de todo tipo: históricas, geográficas, económicas, políticas, culturales, etc. Y la mayoría tienen raíces lejanas y un prócer que las respalda. Porque la fuerza de una zoncera, no recae obviamente en su argumentación, sino precisamente en el arte de evadirla, actuando dogmáticamente, como un axioma machacado en nuestra inteligencia. Su eficacia no consiste entonces en su capacidad de soportar la discusión, sino precisamente en excluirla. Queda claro que la zoncera expuesta al análisis, pierde entidad, se descubre a sí misma, deja de serlo.

El objetivo de su obra, es pues, que además de ser vivos de ojo, aprendamos a ser vivos de temperamento. Así lo entendía el eminente pensador del campo nacional y popular, que convocaba a quienes se sintieran motivados a completar su lista, dejando abierto el reto para la posteridad. 

El estudio de la génesis de cada zoncera, nos conducirá indefectiblemente a la historia, porque muchas nacieron con un fin pragmático, y aunque erróneas, pueden tener explicación. Pero su posterior deformación, otorgándole el carácter de principios, de abstracciones, responde a una suerte de pedagogía colonialista, de manera tal, que ante los hechos concretos, actuemos en función de una zoncera abstracta hecha principio. En otros casos las zonceras son el resultado de construcciones intelectuales. Como ejemplo citamos aquella de que: “el mal que aqueja a la Argentina es la extensión”. Bajo esta idea se llevó a cabo una política de disgregación del territorio del Río de La Plata. Y si bien, no por justificarlo claro está, eso tiene una explicación histórica, lo que no se puede explicar, logrados los objetivos que le dieron origen hace más de un siglo, es que hoy siga teniendo vigencia.

Las zonceras generalmente se basan, reposan, en la autoridad del que las formuló. Se establece una suerte de relación dialéctica entre el prestigio que la autoridad le da a la zoncera por un lado, y por el otro, el que recibe la autoridad por el hecho de haberla formulado.

Esto explica la falsificación de la historia cuyo objetivo es presentar nuestro pasado como una lucha maniquea entre santos y diablos, por lo que los actores de la historia pasan a ser bronces y mármoles intangibles, en el caso de los santos, claro, mientras que los diablos mayormente son los grandes olvidados por la historia oficial, o han sido deformados, transfigurados a la conveniencia de su falsificador.

¿Que se pierde con bajar del pedestal a los protagonistas de la historia? Nada, decía Don Arturo, por el contrario. Pero como el objetivo de la falsificación de la historia es justamente alimentar las zonceras, ver al hombre en su real dimensión relativiza su autoridad indiscutible, en la que se respalda la zoncera que se le quiere atribuir.

Jauretche, toma a Sarmiento como ejemplo, para él, uno de los más grandes sino el mejor prosista que haya dado la Argentina. Narrador extraordinario, aún de aquello que jamás conoció, como la pampa y el desierto, los retratos de personajes, al margen de su veracidad, son obras maestras de la literatura. Era un gran novelista al punto que sus creaciones imaginarias llegan a cobrar más vida que lo realmente existente. Y a este Sarmiento tremendo, gigantesco, se lo ha marginado casi completamente, para resaltar al pensador, al estadista, cuando sus ideas políticas, económicas, sociales o culturales, son de la misma naturaleza que sus novelas, es decir producto de su imaginación, más que del profundo análisis, del estudio o de la meditación.

Pero había que elevarlo a la categoría de Estadista, pensador, pedagogo incuestionable. No podía ser de otra manera, después de todo es él quien formuló la zoncera que las parió a todas las demás, a la madre de todas las zonceras: “Civilización y barbarie”.

Descubrir las zonceras es liberador, nos dice Don Arturo. Es como sacarse un entripado valiéndose de una medicina digestiva, porque una indigestión intelectual, tiene el mismo efecto que una estomacal. Es como confesarse o acudir a una sesión de terapia –que son formas de vomitar entripados- siendo uno mismo el confesor o el analista.

Claro amigo, que para llevar a cabo esta tarea, se requiere no ser zonzo por naturaleza. Que no es lo mismo que estar azonzado, es decir convaleciente de una zoncera que puede ser pasajera, transitoria. Si este es el caso, pues podemos acometer la tarea de desazonzarnos. Si les parece entonces, en lo sucesivo, iremos tratando cada una de las zonceras. Son cuarenta y cuatro en total, pero vamos paso a paso. 

 

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