Buenos Aires | Lunes, 27 de marzo de 2017

Los derechos del agua y las obligaciones de los ciudadanos

 

“Desde aquellos tiempos del Renacimiento europeo, la naturaleza se convirtió en mercancía o en obstáculo al progreso humano. Y hasta hoy, ese divorcio entre nosotros y ella ha persistido, a tal punto que todavía hay gente de buena voluntad que se conmueve por la pobre naturaleza, tan maltratada, tan lastimada, pero viéndola desde fuera”.

Mensaje a la Cumbre de la Madre Tierra, Eduardo Galeano.

 

por Silvana Emperador

La escasez del agua es sólo una cara de la naturalaza maltratada, menoscabada. La falta de conciencia en torno a la necesidad de cuidar el consumo del agua o la falsa conciencia, esa que pregona un discurso ecologista sin tomar recaudos concretos para evitar el derroche, observando el problema desde fuera, nos sirven hoy como punto de partida para pensar sobre esa cara de la naturaleza.

 

La Organización de las Naciones Unidas (ONU) señaló que una persona precisa 50 litros diarios para usos domésticos. Sin embargo, a nivel mundial, 1 de cada 6 personas no tiene acceso a la cantidad mínima de agua potable necesaria y 2 de cada 5 personas no tiene acceso a ningún tipo de sistema de saneamiento.

 

El aumento demográfico y la distribución irregular de ese recurso vital para la vida humana constituyen las variables de la ecuación que determina su escasez. Según AYSA, el 46% de la población mundial no tiene agua entubada en sus casas y los habitantes de países en desarrollo caminan un promedio de 6 Km. para conseguirla.

 

El uso irracional del agua, sea con fines industriales o domésticos, agrava aún más la problemática. El daño se traduce en 3,3 millones muertes anuales por problemas de salud relacionados con la falta de acceso a agua limpia. Un gesto sencillo como, por ejemplo, lavarse las manos con jabón puede reducir esas enfermedades hasta un 45%, especialmente la diarrea.

 

El agua se recicla naturalmente, pero el problema actual es malgastar y degradar la ya disponible. Entre los derroches más comunes del agua se encuentran: una canilla goteando, que desperdicia 320 litros por semana; una manguera abierta, que hecha a perder 570 litros y un inodoro con deficiencia en el flotante, que malgasta 1.200 litros.

 

La limpieza y el barrido de las veredas son claros ejemplos del derroche del agua a través de una manguera abierta. Por las mañanas los encargados de los edificios perseguían la basura que, a fuerza del impacto del agua, caía en la canaleta de las calles. En otros casos, el agua jabonosa teñía las baldosas de la vereda mientras, a un costado, una manguera dejaba correr 19 litros de agua límpida por minuto.

 

En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, el Diputado Gerardo Ingaramo impulsó un proyecto por el cual quedaba prohibido lavar las veredas los días martes y jueves. La iniciativa tenía como objeto generar conciencia entre los ciudadanos acerca de la importancia de ahorrar agua en la Ciudad, pero finalmente no fue aprobado.

 

La Ley 3.684 de la Ciudad de Buenos Aires, publicada en el Boletín Oficial de la GCBA de fecha 11 de febrero del corriente, plasmó la línea de acción del Diputado Ingaramo. Si bien no restringe los días de lavado y barrido de veredas, sí instituye condiciones y horarios para hacer esas tareas.

 

La legislación establece que la limpieza de las veredas sólo puede hacerse entre las 22 y las 9, con el uso de un balde o de un dispositivo de corte automático de agua para evitar su derroche. La multa para quienes no cumplan con esos requisitos es de 50 a 500 unidades fijas

 

La polémica de la limpieza de las veredas involucra a los vecinos, quienes responsabilizan a los encargados del derroche. También a los sindicatos, que asignan la responsabilidad a los consorcios en tanto que no brindan los materiales adecuados a los encargados para realizar sus tareas habituales.

 

La polémica gira en torno a varios actores que dirimen responsabilidades omitiendo la voluntad que podrían emplear para resolver el conflicto. Mientras tanto, el discurso ecologista y la falta de conciencia se dirimen adeptos. Y, en el medio, el agua corre. Se derrocha. Se malgasta.

 

Según Eduardo Galeano “los derechos humanos y los derechos de la naturaleza son dos nombres de la misma dignidad”. Violentar los derechos de la naturaleza, en este caso del agua, significa no respetar nuestros propios derechos, no respetarnos a nosotros mismos.

 

La vida humana y la vida de la naturaleza son dos lados de una misma moneda, aunque el discurso dominante de nuestros tiempos se empeñe en fragmentar esa unidad al extremo de pensar en la naturaleza como a un otro ajeno a nuestra persona.

 

Los ecos del discurso ecologista resuenan como ecos en algunos sectores de la sociedad. Pero no son suficientes. Falta el compromiso verdadero de cada ciudadano para con la naturaleza y, sobre todo, para consigo mismo. Debemos reconocer el derecho que tiene el agua de ser cuidada y las obligaciones que tenemos como ciudadanos para preservar la vida.

 

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