Buenos Aires | Domingo, 19 de noviembre de 2017

La Madre

por Alejandro Hoerth

La madre

“Así como los imperios pierden sus colonias, hay colonias que pierden su imperio”

El padre de la madre que las parió a todas las zonceras es Don Faustino Sarmiento. En su libro Facundo, la menciona en sus primeras páginas, pero es probable que la vigencia de “Civilización y Barbarie” sea anterior a quien se le imputa la paternidad.

Para Jauretche, la idea central de esta zoncera madre, es que sus apologistas no pensaron como incorporar a América –América del Sur o la América española, ya que la misma no es privativa de nuestro país- las nuevas tecnologías que se desarrollaban fundamentalmente en Europa, sobre todo en Francia e Inglaterra al calor de la revolución industrial, sino mas bien en transplantar artificialmente la realidad de esas regiones a la nuestra. No se trató de enriquecer nuestras culturas asimilando el aporte de los conocimientos, patrimonio de la humanidad, sino de “crear Europa en América”. La incomprensión de las culturas preexistentes, o peor aún, el entenderlas como un hecho anticultural, llevó inexorablemente a la idea de que todo lo autóctono por serlo es bárbaro, y todo lo importado -de Europa fundamentalmente- por serlo es civilizado. Así, el significado del verbo civilizar no puede entenderse de otra manera que no sea desnacionalizar. Y de esta concepción derivan las otras dos zonceras consideradas las hijas mayores: “El mal que aqueja a la Argentina es la extensión” –recordemos a Sarmiento y su idea de entregar la Patagonia a los Chilenos- y la autodenigración convertida en dogma para justificar la necesidad de civilización.

Pero volvamos a la madre. Existe en ella, una marcada tendencia al mesianismo y al ideologismo. El mesianismo impone civilizar, la ideología determina el como. El resultado será siempre una suerte de mentalidad colonial, para la que todo lo propio es negativo y todo lo ajeno es positivo. De lo que se trata no es de la realización del país, sino de fabricar un país de acuerdo a planes y planos -que son los que se tienen en cuenta- mientras el país convertido en un obstáculo intenta ser sustituido, derogado.

Que la oligarquía dueña de las tierras haya creído y sostenido este axioma –Civilización y barbarie- es explicable porque le ha servido para defender sus propios intereses, alienada desde sus orígenes al desarrollo dependiente. Al cambiar las condiciones, tanto en el plano interno como externo -el desarrollo de las poblaciones, de las industrias, etc.- entra en crisis la estructura de producción primaria de intercambio con los productos manufacturados provenientes de los países mas desarrollados, y esa clase social pierde su papel rector al convertirse en un freno.

Pero si es entendible esta “congruencia” en la que se apoya un determinado grupo para defender un interés particular, no lo es para explicar la “incongruencia” de aquellos que dicen defender intereses populares o sostienen posturas de carácter progresista o inclusive marxistas. En ellos, aparece desnuda esta zoncera, que es pura ideología sin una pizca de contenido material. Abstracción conceptual incapaz de gravitar en la realidad circunstanciada. Para estos ideólogos, lo característico del país, la realidad nacional, están excluidas de su visión, y al igual que la Ilustración -los iluministas y liberales del siglo XIX- su ideología es un instrumento civilizador. Así, las élites oligárquicas y sus oponentes fervorosamente democráticos o influidos por el marxismo, aún disintiendo en cuanto a lo ideológico, han coincidido en su mesianismo salvador. Opuestos en sus ideas abstractas, cada vez que la realidad enfrentó a la “civilización” con la “barbarie”, es decir el mundo concreto sobre el cual deberían aplicar sus ideologías, se unificaron en su rol civilizador.

En cuanto al padre, Sarmiento, si bien la historia oficial lo ha venerado como a un “gran educador”, la realidad es que más que educar al pueblo, todas sus acciones se dirigieron a sustituirlo. Al criollo se lo persiguió, se lo condenó cuando no exterminó directamente, pero todos los intentos por importar genes de Europa, no consiguieron sin embargo establecer una síntesis humana muy distinta a la precedente. Todos esos gringos, con el tiempo se fueron agauchando, doblegándose indefectiblemente a la prepotencia de la geografía y a la presencia de lo hispánico como principio organizador de la sociedad. Es decir, a pesar de los intentos del régimen por cambiar al pueblo, no han podido.

A partir de 1914 las élites dominantes, se encontraron ante una masa popular adversa y desconfiada, que las hizo tropezar una y otra vez a pesar de su obstinación, ante lo que Jauretche llamaba la conciencia nacional. Cuando el 17 de octubre del 1945 se produce la mayor movilización de masas en la historia del país, en el marco del ascenso del Peronismo al poder, la oligarquía, así como antes trató de invalidar al Irigoyenismo, se enfrentó a este proceso político porque sus intereses eran coincidentes con el esquema de civilización y barbarie. . ¿Por qué la inteligencia democrática o la que se autodenominaba marxista no pudo leer lo que sucedió en ninguna de las dos oportunidades? No hay otra forma de explicárselo que no sea a fuerza de pura zoncera.

No es difícil entender entonces porqué comparten la misma historia, que unos falsificaron al antojo de sus intereses, y otros se negaron o no supieron revisar. Para la “historia oficial”, la Argentina estuvo atravesada por un conflicto entre la civilización y la barbarie, desestimando o negando la contradicción fundamental entre lo nacional y lo extranjero, es decir la liberación o la dependencia, donde el objeto de la historia no fué la Nación sino la civilización. Pero la izquierda, muchas veces, por no tener en cuenta lo nacional en la causalidad histórica, se conformó con cambiar la fraseología del discurso, mas no se rebeló contra la interpretación liberal.

Esta ceguera histórica, intrínseca a la zoncera “Civilización o barbarie”, conduce inevitablemente a la identificación de Europa con el primero de los términos del opuesto y de América con el segundo, y en consecuencia a la negación de América para afirmar a Europa, de donde resulta que el progreso no se vincula a la evolución de lo propio, sino a su derogación lisa y llana, para sustituirla por lo no propio, por lo extranjero.

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